XV Festival Internacional de Jazz de Sevilla

cartel 1995

XV festival 1993

Y llegamos al final de una historia que comenzó un 29 de noviembre de 1980, 15 ediciones en 16 años porque 1994 fue un año en blanco, que de forma premonitoria no tuvo festival de jazz. Fue el último intento y fue una edición extraña, no se celebró en otoño sino en marzo e intentó recuperar alguna de las opciones que estaban presentes en anteriores ediciones como la existencia de más de un escenario para la celebración de los conciertos. Efectivamente el Teatro de la Maestranza se mantuvo como escenario aunque el ciclo inserto en su programación iba a ser gestionado desde Diputación Provincial. De hecho Miguel Ángel González se incorpora nuevamente a la producción técnica del festival de la que había desaparecido en las últimas tres ediciones. Ya los conciertos del Maestranza no ocuparon la sala principal de conciertos, sino que fueron ubicados en la sala II con un formato de dúos, conciertos que buscaban en un espacio más íntimo y económicamente más conveniente, sin amplificación, lograr una mayor interacción con el público. Con esta fórmula actuaron el día 1 de marzo la pianista
californiana Joanne Brackeen y el contrabajista Calvin Hill; el día 2 un viejo conocido del
festival el pianista Randy Weston y el saxo alto Talib Quadir Kibwe que también lo acompañó en su visita a Sevilla en la cuarta edición del festival; el día 3 el pianista Dave Burrell y el mingusiano Ricky Ford con el que habíamos compartido los prolegómenos y la I y III edición del festival. Terminaba esta sección de dúos en la sala II del Maestranza, el día 4 de marzo con el pianista alemán Joachim Kühn y el percusionista senegalés Moussa Sissokho. Cuatro días de diálogos a dúo interesantes entre músicos de expresión vanguardista que se obligaban a buscar una convergencia poco habitual, si exceptuamos a Randy Weston y Talib Quadir Kibwe con una larga historia de colaboración a sus espaldas. Espacios innovadores de expresión que tendrían todo el sentido si hubieran convivido con otros de mayor dimensión, abiertos a públicos diversos como si de un festival de jazz se tratara. Pero a estas alturas eso no existía y el intento del cine
Apolo era una leve sombra de tiempos mucho mejores donde el jazz movilizaba en Sevilla a miles de aficionados Efectivamente, con unos días de intervalo, el día 8 de marzo comenzaba la segunda parte de este XV Festival Internacional de Jazz de
Sevilla en un escenario nuevo, volvíamos a un cine (el desaparecido cine Apolo) transformado en sala de audición donde había permanecido durante algún tiempo la Orquesta Sinfónica de Sevilla. Por cierto sala de acústica poco adecuada para albergar nada parecido a un sonido musical. Allí se desarrollaron otros cuatro conciertos, convirtiéndose esta edición del festival como la de mayor número de sesiones, en la que pudimos asistir a una interesante combinación de músicos y estilos músicales. El primero de ellos fue el del saxofonista Abdu Salim que después de 12 años viviendo
en Sevilla era la primera vez que lo podíamos escuchar liderando un grupo de músicos no andaluces, en este caso formado por el trombonista Frank Lacy, el pianista Alain Jean
Marie, el contrabajista Akim Bournade y el batería Ton-Ton Salut. El día 9 actuó el grupo
que reunía alguno de los músicos más destacados del panorama jazzístico español, especialmente el saxofonista Jorge Pardo y el pianista gaditano Chano Domínguez, dos músicos ya consagrados y reconocidos a los que acompañaban el contrabajista Javier Colina, el percusionista Tino di Geraldo y la vocalista Chonchi Heredia, músicos con los que el pianista ha desarrollado algunas colaboraciones en sus incursiones en la fusión del flamenco con el jazz. Probablemente el punto culmen de esa edición del festival se alcanzó con la formación liderada por el laudista libanés Rabih Abou-Khalil, músico que ya dejó muy buenas sensaciones en su actuación el año anterior en el ciclo del “Festival de Jazz en la Provincia” y que esta ocasión venía acompañado de Howard Levy a la armónica, Michel Godard en la tuba, Nabil Khaiat en las panderetas y Mark Nauseef en la batería. Grupo capaz de adentrarse en diferentes tradiciones musicales construyendo nuevas y originales propuestas llenas de colorido y energía que sedujeron a un público dispuesto a reconocer ese trabajo. La historia del Festival Internacional de Jazz
de Sevilla se cerró con el blues de Clarence “Gatemouth” Brown, el músico tejano que
llegó a Sevilla poco antes de comenzar una gira por Europa con Eric Clapton. Clarence
con su grupo “Gate’s Express” formado por músicos blancos, el saxofonista Eric Demmer,
el teclista Joe Krown, el bajista Harold Floyd y el batería David Peter, ofrecieron un concierto vibrante en un local donde para esta música sobraban las butacas. Blues para un público que seguro no imaginaba en ese momento que la historia del festival terminaba allí. Quince ediciones de buena música por donde pasó lo más representativo del jazz de nuestra época y que finalmente dejó de existir, posiblemente víctima del mismo proceso de institucionalización que un día lo hizo grande. La idea de crear un festival de jazz que fuera una referencia en el sur de Europa cada otoño, que estaba en el imaginario del Colectivo Jazz Freeway cuando comenzó esta aventura dieciséis años antes, probablemente desapareció con el propio Colectivo Jazz Freeway. Si analizamos el proceso que motivó el desarrollo del festival internacional de jazz de Sevilla veremos que el festival emergió de la nada, gracias a una serie de circunstancias que hicieron que de una iniciativa particular, promovida por un grupo de aficionados, naciera un proyecto que venía a incorporarse a un conjunto de esfuerzos, realizados desde las instituciones públicas, dirigidos a intentar paliar una situación de partida decepcionante,
con un panorama cultural poco estimulante, en el principio de la democracia, o más
exactamente con el ascenso al poder de la izquierda, en la Sevilla de principio de los 80’.
Era un momento de la historia donde desde las incipientes instituciones democráticas se
intentaba crear un proyecto cultural, en este caso para la ciudad de Sevilla, que fuera atractivo para una nueva época, con generaciones ávidas de conocimiento, experiencias y nuevas sensaciones. El jazz, en ese contexto, era una música extraña o quizás desconocida para el gran público, pero que sin embargo enganchaba bien con la idea de modernidad que en esos momentos se perseguía, o más bien lo había hecho ya, con la modernidad en la Europa de los 70’, donde el jazz era expresión de incorformismo con lo establecido, de capacidad creativa a través de la improvisación y de fusión de tradiciones musicales en un mundo abierto a todo tipo de influencias. Eran momentos propicios para la cultura, para crear espacios inexistentes y para llenar de contenido las expectativas de generaciones que esperaban cosas que conocían pero se situaban lejos
de su alcance. El jazz en España, como tantas otras cosas, estaba en el norte, San Sebastián y Barcelona tenían ya una larga experiencia, Vitoria y
Madrid, esta última a través del colegio San Juan Evangelista, habían iniciado algunos ciclos esporádicos de música de jazz a principios de la década de los 70’. 1980 fue, como
para nosotros, el punto de partida de otros muchos festivales, alguno de los cuales hoy
todavía permanecen, como el de Terrassa, Cartagena y el más cercano Festival Internacional de Granada. La apuesta del Colectivo Jazz Freeway, desde el principio, fue crear un referente en el sur de Europa teniendo en cuenta la importancia de la ciudad y su atractivo para músicos y público. Los comienzos fueron prometedores y la respuesta estuvo por encima de nuestras propias expectativas. Esto sin duda estimuló a las instituciones a mantener su apoyo como iniciativa de éxito, a la vez que empezaban a considerar hacerse con su control, probablemente desde la percepción
que existía entonces de que un control marcadamente institucional podía garantizar
su futuro. Sin embargo, la experiencia de otras iniciativas similares en otras ciudades ha
sido distinta, de hecho los festivales que han perdurado, lo han conseguido, en la mayoría de las ocasiones, porque ha existido una colaboración público-privada o una estructura estable mantenida en el tiempo, a través de la cual se han sorteado mejor algunas circunstancias coyunturales, la mayoría de las veces relacionadas con el contexto económico. No fue ese nuestro caso. Desde luego el Colectivo Freeway no era una estructura suficientemente sólida en el tiempo para gestionar un evento de esta dimensión, al fin y al cabo no era una estructura profesionalizada, aunque posteriormente surgieran iniciativas que han demostrado su solvencia manteniendo una actividad continuada en la gestión cultural de nuestra ciudad. De hecho no existía tampoco ninguna estructura profesionalizada en el seno de las instituciones de la época. La creación de la Fundación Luis Cernuda buscaba rellenar este hueco pero desde mi punto de vista, era una estructura pensada para gestionar un proyecto global, donde el festival era algo más y probablemente no el elemento más interesante para sus decisores. Por otro lado no se podría decir que existiera en su interior, al menos al
principio, una experiencia contrastada en gestión cultural. El Festival de Jazz tuvo que
competir con otras iniciativas de gran peso que además incorporaban programación de
jazz como Cita en Sevilla o el Festival de Itálica y finalmente la propia Expo 92. También
llegaba a competir consigo misma y de hecho la creación del Festival de Jazz en la Provincia, surgido inicialmente como una derivada del Festival, terminó siendo una propuesta más interesante para los objetivos estratégicos de una institución como la Diputación con responsabilidades de carácter provincial. Esto y una compleja gestión de la relación entre las diferentes instituciones implicadas en la gestión del Teatro de la Maestranza, que se suponía sede estable del festival, fueron factores que dieron probablemente como resultado la desaparición del mismo. Sin embargo, si echamos la vista atrás, el bagaje del festival ha sido enormemente positivo, el jazz que penetró a lo grande en nuestra ciudad ha mantenido espacios atractivos en los que escuchar buena música de vanguardia, los cuidados ciclos de la Universidad y del Teatro Central mantienen propuestas interesantes que nos permiten contemplar todos los años lo que
se mueve en el mundo del jazz y la mayoría de los escenarios de nuestra ciudad incorporan en sus programaciones al jazz como argumento de buena respuesta de un público que siempre ha sido fiel a esta música, aunque algunos recordarán con cierta añoranza que un día Sevilla fue confluencia de muchas cosas… Pero además el jazz forma parte esencial de la forma de expresarse de muchos músicos de Sevilla, músicos que se asocian y que conforman un colectivo que ya tiene un peso en la ciudad, algo totalmente impensable hace 30 años, lamentablemente no han evolucionado de las misma manera los locales que tienen música de jazz en directo. Pero a cambio algunas
instituciones le siguen dando algo de cobijo. Sevilla se quedó sin festival de jazz y estoy seguro que no fue una buena decisión. Aunque por otro lado se ha diversificado la oferta, se ha mantenido la afición, existe un relevo generacional que tiene múltiples opciones para seguir acercándose a la mejor música de jazz que se hace ahora, pero también existe la nostalgia de quienes vivimos una época donde nuestros sueños cristalizaron y pudimos tocar de cerca a nuestros mitos más deseados. Pero la permanencia de un Festival Internacional de Jazz en nuestra ciudad también era
una cuestión de visión, de proyecto cultural y de saber aprovechar los elementos únicos que posee la ciudad de Sevilla. Lamentablemente no se alinearon, nada raro por otra parte, los elementos de cooperación necesarios para que ello fuera posible. Se careció en todo momento de una mínima estructura estable que pensara en clave de festival de jazz durante todo el año, que planificara el modelo para los siguientes años, que implicara a instituciones y empresas en una iniciativa que tuviera una marca reconocible y que velara y defendiera su sostenibilidad y supervivencia. Nada de eso existió. Ya es demasiado tarde.

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